En tiempos de crisis, ¿cuál es ese andamio que requiere una nueva estructura?

 

Cuando una estructura se desmorona, ¿cuál sería un muy buen andamio para acompañar el proceso? ¿cuáles son los criterios que definirían si es mejor dejarla desmoronarse naturalmente o intervenir en ese acontecimiento? ¿qué elementos se deberían rescatar, que elementos eliminar o tal vez reutilizar para reconstruir?

 

En un mundo de un vertiginoso cambio y enormes incertidumbres, estas respuestas son altamente complejas de responder. En efecto, tal es el caso, que muchos de nosotros nos encontramos transitando entre estados de miedo y esperanza. Cuando nos aferramos a nuestras certezas, pues así sentimos que tenemos control de ciertas situaciones, es muy fácil caer en el miedo. No se trata de no prevenir cosas que pueden pasar, es muy importante hacerlo, no obstante, es interesante confrontar todas las variables que condicionan nuestras certezas y, tal vez este análisis haga que entren en otra categoría que nos muestre que lo que podemos controlar es sustancialmente menor. Por otro lado, a momentos visualizamos una nueva estructura con cualidades que nos hacen sentido, que nos inspiran y nos llevan a sentirnos muy esperanzados.

 

¿Qué hacer para no desestabilizarnos en el vaivén de esta dualidad? Para ello es importante preguntarnos en qué medida nos resistimos al cambio, en qué medida sólo estamos observando o en qué medida queremos ser partícipes del proceso para contribuir en la nueva estructura. El lugar que decidamos ocupar afectará nuestro estado de equilibrio.

Nuestro actual aislamiento nos entrega una oportunidad única para indagar sobre cuál es el lugar apropiado para cada uno de nosotros en esta realidad que cambia día a día, casi momento a momento. Tal vez ya limpiamos todo lo que se puede limpiar, arreglamos todo lo que estaba con desperfectos, ordenamos aquello que estaba ahí hace tiempo esperando ser ajustado y así, quizá en algún momento nos confrontaremos con el vacío, con la enfermedad, con alguna adicción, con la muerte… con el miedo. Tal vez no es el aislamiento lo que a muchos nos acongoja, sino el confrontar nuestros miedos. Probablemente es momento de invitar a todos estos temores a entrar y mirarlos sin ningún velo de una buena vez, para que, al igual que nuestra casa que hoy está limpia, ordenada y sin roturas, nuestra consciencia pueda mirar la realidad tal como es, sin polvo ni desorden, para ver el camino (propósito) claramente y así las acciones que debemos tomar. Quizá de esta forma sabremos, a pesar de las incertidumbres, cuál es el andamio, qué materiales usar, que arquitectura diseñar o cuáles son los cálculos estructurales que debemos hacer y descubriremos de paso el lugar que nos corresponde ocupar en el proceso.

 

¿Qué sucede entonces con mi entorno, mis relaciones, con los otros? ¿Acaso no influyen en este proceso? Claramente lo hacen, todo es interdependiente, es ineludible transitar en un proceso bidireccional e infinito entre lo individual y lo colectivo, proceso donde pueden emerger las grandes oportunidades. La inteligencia individual es crucial, no obstante, es desde la inteligencia colectiva donde afloran las grandes ideas, las grandes soluciones, las grandes sinergias. Debemos aprender a mirarnos, conseguir la visión interna limpia y despejada que permite salir al mundo a actuar y co construir con todos la nueva realidad cuyos cimientos al fin vislumbramos.

Este tiempo de reclusión nos permite purificar y desarrollar nuestro ser individual, para que en unión de quienes forman nuestro entorno laboral, familiar o social cooperemos en forjar nuestro mejor futuro.

 

Las semillas brotan cuando están solas, pero toda su vida se construye en base a interacciones para formar un bosque donde la incondicionalidad y la interdependencia son los pilares que perpetúan al ecosistema. Es tan sencillo como observar nuestra madre naturaleza, hay generosidad, entrega incondicional, justicia, amor, compasión. Ella se perpetúa de manera perfecta ausente de miedo.

 

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